Lectura: Lucas 2:21-35
Toda mamá atesora recuerdos con sus hijos. ¿Qué momentos guardan en su corazón de manera especial? Una de las mamás que encontramos en la Biblia guardaba muchas cosas en su corazón.
Lucas nos relata en dos ocasiones que María guardaba todas las vivencias en su corazón (Lucas 2:19, 2:51) Fueron recuerdos que la acompañaron por años, y que expresó cuando, como muy probablemente ocurrió, el médico Lucas la entrevistó para conocer su relato del nacimiento de Jesús.
La vida y maternidad de María nos ayudan a reflexionar en lo que Dios quiere para las mamás y de las mamás. Esto no porque ella fuera perfecta, pues fue una mujer de carne y hueso, con sus debilidades y desafíos como todas las mamás. Más bien es su humildad y entrega ante un llamado que la superaba lo que nos ayuda a ver en María una mamá, tal como son las mamás de hoy.
Reflexionemos en tres aspectos del llamado de Dios para las mamás: una nueva vida, un nuevo sufrimiento y un nuevo propósito.
Una nueva vida
Toda mamá sabe que los hijos te cambian la vida. Y puedo decir que la maternidad y paternidad nunca se da como nos habíamos imaginado. Pueden ser miles los factores en los que no se dio como pensábamos, pero siempre se da como Dios lo tuvo planeado. María no pensaba casarse embarazada, era una total falta de la ley. Y ella, así como José, eran temerosos de Dios, sujetos a la ley. No pensaban vivir sus primeros años de matrimonio huyendo a Egipto, y haciendo viajes inesperados.
Con muchas circunstancias en su contra, y con los pocos recursos con que contaban, se dedicaron a obedecer a Dios. Él los guio de manera muy específica en los primeros años, pero también tenían la ley, que es clara revelación de la voluntad de Dios. No esperaron a recibir un nuevo sueño para saber que debían circuncidar a su hijo, y que ella debía purificarse como establece la ley de Moisés.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, el nombre dado por el ángel antes de que Él fuera concebido en el seno materno.
Al cumplirse los días para la purificación de ellos, según la ley de Moisés, lo trajeron a Jerusalén para presentar al Niño al Señor, (como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón que abra la matriz será llamado santo para el Señor)», y para ofrecer un sacrificio conforme a lo que fue dicho en la Ley del Señor: «Un par de tórtolas o dos pichones».
Lucas 2:21-24
El versículo 24 ofrece un detalle acerca de la situación económica de la pareja, al dar la ofrenda de los pobres (Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas o dos palominos, uno para holocausto y otro para expiación; y el sacerdote hará expiación por ella, y será limpia. Levítico 12:8)
Ser mamá no es llenar una serie de requisitos y expectativas. Las cosas no siempre van a salir como las pensamos. Pero sí implica confiar en Dios con todo nuestro ser. Obedecer lo que ya sabemos, y confiar en Dios, entregándole lo que no sabemos.
En un sentido muy profundo, ser mamá es recordar que no tienes el control sobre la vida de tus hijos, ni se te exige que lo tengas. El que lo tiene es Dios. Porque tus hijos son de Él, y te los encomienda por un tiempo limitado, pero siempre son y serán de su Creador.
Ser mamá es un hermoso llamado, en el que Dios no te deja sola ni por un momento.
Un nuevo sufrimiento
No podemos ignorar el hecho de que el sufrimiento es parte de la experiencia humana. Y es parte de ser mamá. La maternidad conlleva un nuevo tipo de sufrimiento, porque el dolor que pasan los hijos se vive como propio.
Había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y por el Espíritu Santo se le había revelado que no vería la muerte sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu fue al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron para cumplir por Él el rito de la ley, Simeón tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, permite que Tu siervo se vaya
En paz, conforme a Tu palabra;
Porque mis ojos han visto Tu salvación
La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
Luz de revelación a los gentiles,
Y gloria de Tu pueblo Israel».Y los padres del Niño estaban asombrados de las cosas que de Él se decían. Simeón los bendijo, y dijo a Su madre María: «Este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y una espada traspasará aun tu propia alma, a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones»
Lucas 2:25-35
Debió ser desconcertante que Simeón le diera estas palabras directamente a María, acerca de cómo Jesús sufriría rechazo, contradicción, y que causaría un efecto tan grande en el pueblo. La frase más difícil de escuchar seguramente fue “una espada traspasará aun tu propia alma”, en referencia a que ella sufriría profundamente por el rechazo del pueblo hacia Jesús. El sufrimiento que pasó María es innegable. No sabemos qué tanta conciencia tendría de ello, pues la promesa del ángel Gabriel (que se cumplió perfectamente) hablaba del reinado de Jesús, no de su sacrificio.
Ella amó a su hijo, le enseñó a caminar, a orar, a ir al Templo de Jerusalén. Junto con José lo crio con gran amor y entrega, y seguramente con gran temor de Dios. Pero en algún punto, se piensa que José murió, y ella quedó sola con sus hijos. Aunque contaría con familia extendida, es otro duelo que tuvo que atravesar.
No creo que haya sido una experiencia fácil para ella criar a un hijo sin pecado. Aunque el hijo no pecó, ella sí era pecadora. Y como padres, sabemos que nuestro propio pecado es muchas veces causa de más dolor que el pecado de nuestros hijos. ¿Se habrá sentido alguna vez agotada, insuficiente, incapaz? Toda mamá vive esto. Con un hijo sin pecado y otros hijos con bastante pecado, ¿cómo habría sido su experiencia cotidiana?
¿Cómo habrá experimentado ver a Jesús iniciar su ministerio, tratar con dificultad de entenderlo, ver cómo sus hermanos también lo rechazaban, ver cómo los vecinos de Nazaret lo rechazaron cuando estuvo de visita? No tenemos muchos detalles, pero sé que te puedes identificar con su travesía de mamá. Y ella iba guardando todo esto en su corazón, lo meditaba, le daba vueltas en la cabeza.
¿Y qué decir de aquel día en el monte calvario? Los rumores de su arresto seguramente habrían llegado hasta ella, el dolor de ver la tortura y asesinato atroz contra su hijo amado. Por el evangelio se Juan sabemos que María estuvo al pie de la cruz, que Jesús pidió a Juan que se encargara de ella, ahora que Él partiría, y vemos la espada atravesando el alma de María. Recordamos cómo Abraham estuvo dispuesto a entregar a su hijo amado Isaac, con todo el dolor que le produjo, y al final el gozo de ver el sustituto, y ver a su hijo salvo de la muerte. Pero María no encontraría sustituto para su Hijo amado, porque Él era el único posible sustituto para redimir a la humanidad entera.
Ser mamá conlleva un nuevo tipo de sufrimiento, un dolor diferente, envuelto en amor. Este puede tomar muchas formas, dependiendo de tus circunstancias: una enfermedad, escasez económica, una pérdida familiar, caminar con la discapacidad, con la infertilidad, con la muerte de un hijo, con la culpa por haber abortado, la angustia financiera…
Pero el Señor Jesús te recuerda que no estás sola, y que Él sufrió lo más atroz, para pagar tu pecado y llegar a comprender tus luchas, de tal modo que intercede por ti ante el Padre. Él te comprende, Él te cuida. Es lo que vemos cuando, desde la cruz, encomienda el cuidado de María a uno de sus más cercanos amigos: Juan, el discípulo amado.
Un nuevo propósito
Hechos 1:14 muestra una escena fascinante. Después de la resurrección, María era parte de la primera iglesia que se reunía en el aposento alto. Incluso los hermanos de Jesús eran ahora parte de la comunidad de creyentes.
Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanosHechos 1:14
Creo que el aspecto principal del llamado a ser mamá es ser seguidoras de Jesús. María misma, terminó creyendo en Jesús como su salvador, y formó parte de la primera iglesia cristiana. Y por la obra de Dios, también sus hijos experimentaron la fe.
Junto con los apóstoles, fue transformada por la resurrección, y pudo comprender la verdad: Jesús fue verdaderamente el Mesías esperado que salva y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
La médula del llamado de la maternidad es realmente el llamado de Dios para toda persona: creer en su Hijo, y seguirlo hasta sus últimas consecuencias. Ser una verdadera creyente y discípula del Señor. Y María lo fue.
Vemos que el compromiso principal de una mamá no es con sus hijos, aunque sea un vínculo tan fuerte, ni aun con su esposo, con quien se ha vuelto una sola carne, sino con Dios. Cuando Dios te llama a ser mamá, no es la maternidad lo que te define en primer lugar, es uno de los llamados que tienes de parte de Él. Pero el llamado principal es a vivir siguiendo a Jesús.
Dar fruto en donde estás, confiarle toda tu vida (y la de tus hijos), entregarle todo lo que eres.
No significa que debes ser perfecta, ni que debes cumplir las expectativas de los que te rodean. Tampoco tus hijos tienen que ser perfectos, ni cumplir con las expectativas de los que te rodean. Enfatizo esto porque puede causar mucho daño: medir tu valor por la calificación que percibes que te asignan los demás como mamá, te va a destruir.
La única expectativa que debe contar es la de Dios. Él es quien realmente conoce tus luchas y tu corazón. Además, no te deja sola, ni te juzga con dureza, sino que su gracia te acompaña todos los días. Ese día en que estallaste, Él estuvo a tu lado, ese día que todos te vieron feo por algo que hizo tu hijo o hija, Él estaba contigo.
Es precisamente la obra de Jesús en la cruz, al pagar por tus pecados, y el poder de Su Espíritu en ti, lo que te permite ser mamá sin temor, culpa o ansiedad. Él te hace libre, porque Dios te ve a través de la obra perfecta de Cristo, y te da el poder para vivir tu maternidad confiando en su gracia.
Quiero invitar a que, en el día de las madres, y todos los días, podamos amarlas y celebrarlas como Dios quiere. Que expresemos nuestra gratitud sin cargarlas de más trabajo; les mostremos el descanso que tienen en la obra de Cristo, al no juzgarlas o juzgar a sus hijos, y las amemos aligerando su carga siempre que podamos.
Como pueblo de Dios somos una familia, por lo que somos llamados a cuidarnos y apoyarnos unos a otros. Si notas que una mamá está cansada, batallando, desanimada o frustrada… antes de juzgar, pregúntale qué puedes hacer por ella, y bendícela con lo que puedas.
Honremos a nuestras mamás y abuelas mostrándoles ese amor incondicional, de gracia, que no les damos solo por que hacen proezas por nosotros, sino simplemente porque las amamos, sin exigencias, así como Dios las ama.



