Los tres condenados de ese día agonizan en sus respectivas cruces. Cientos de personas miran el espectáculo. ¿Qué los motiva a mirar? ¿Y qué es lo que ven en estos tres hombres muriendo cruel y lentamente?
Lucas 23:35-43 nos presenta tres discursos diferentes en la escena de la crucifixión de Jesús. Podemos identificar estos tres discursos como: palabras mordaces, palabras de fe y palabras de salvación.
En esa hora del tormento, abundan las palabras mordaces hacia Jesús. Le hablan con desprecio, sarcasmo y burla.
Palabras mordaces
Por un lado, los líderes judíos se burlan. Básicamente dicen: “Si es el Cristo, que se salve”. Al mismo tiempo, los soldados romanos se burlan, como diciendo: “Si es el rey, que se salve”. Finalmente, también uno de los criminales a los lados de Jesús se burla: “Si es el Cristo, que se salve y nos salve”. Aunque, si vemos el relato en el evangelio de Marcos (Mr 15:32b), leemos que ambos criminales se burlaban.
Todos estaban mirando a Jesús. ¿Qué veían en él? Un criminal, el líder de una insurrección fallida, un mártir político, un loco, un hombre insignificante. Esta escena es una viva imagen de lo que Pablo describió en 2 Corintios 4:4
“El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”
No sabían, o no querían ver, que estaban frente a frente con el Dios verdadero. Estaban presenciando la ira y juicio de Dios, a la vez que contemplaban su gloriosa misericordia. Pero eran ciegos a todo ello, y lo manifestaban con sus palabras sarcásticas.
Sin embargo, en el corazón de uno de los criminales sucedió algo diferente. Mirando a Jesús en la cruz, agonizando a su lado, él vio algo más.
Palabras de fe
Lucas recoge la confesión del criminal: confesó su pecado, y aun reconoció la inocencia de Jesús. Mientras todos le pedían a Jesús burlonamente que salvara, solo este criminal le suplicó con fe: “Sálvame”.
Aunque no conocemos más detalles de la historia de este hombre, podemos saber que ocurrió un milagro en él, que solo pudo ser obra del Espíritu Santo. Nuevamente, tomamos las palabras de Pablo en 2 Corintios 4:6
“Porque Dios, que dijo: «¡Que la luz resplandezca en las tinieblas!», hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Jesucristo.”
En ese momento, aquel criminal vio algo totalmente distinto de lo que veían los demás. Cuando miró a Jesús, vio al verdadero Rey: Vio la gloria de Dios.
Sé que conocemos el desenlace de la historia, pero tomemos un instante para imaginar que lo estamos escuchando por primera vez. Las voces dicen con sarcasmo: “Sálvate”, “Sálvanos”, “¿No que eres el Cristo?”, “¿No dices que eres el rey?”, “Bájate de la cruz”. Y en medio de los gritos, sonó ese clamor sincero, casi como un gemido: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, en otras palabras: “Sálvame, Jesús, llévame a tu reino”.
Jesús, teniendo todo el poder de la creación, contando con la justicia de su lado, bien podría haberse salvado a sí mismo. Bien podría haber avalado con su silencio la condena contra ese criminal que tímida pero ansiosamente le rogaba que lo salvara.
Este hombre culpable, sufriendo la plena condena, es como tú y como yo. Merecía la muerte por sus crímenes, merecía la muerte eterna por su pecado. Pero Jesús decidió no salvarse a sí mismo, sino salvarlo a él. Eligió morir en la cruz para salvarte a ti, y a mí.
Toda esta escena no tendría mayor importancia si no fuera por la respuesta de Jesús.
Palabras de salvación
En medio de la agonía, soportando el peso del pecado de toda la humanidad a lo largo de la historia, recibiendo toda la copa de la ira de Dios, Jesús le ofrece una promesa a aquel criminal.
La respuesta de Jesús da total certeza y una paz indescriptible para ese condenado a muerte que apenas podía respirar: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Entre el dolor, la sangre, la tortura, este hombre recibió lo que no tiene precio.
Jesús le asegura que lo ha perdonado, que lo ha salvado y que ese mismo día después de dar su último aliento, despertará en la nueva creación, el paraíso, el nuevo huerto, con su Salvador y Rey.
Visualiza a este malhechor, pagando en la cruz sus crímenes, después de oír la promesa de salvación de los labios de Jesús. Vivió en carne propia el significado más profundo de las palabras del apóstol Pablo: “ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús” (Ro 8:1).
Esta es la paradoja del ladrón de la cruz. Porque, aunque murió condenado por Roma —y maldito ante los ojos judíos—, resucitó a una vida eterna sin condenación y bendito por Dios. Todo porque el Señor, en su gracia, dijo “Que la luz brille en su corazón”, y pudo creer y ver la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Jesucristo.
CONCLUSIÓN
Todos a tu alrededor ven algo diferente cuando observan el rostro de Jesús. Te pregunto: ¿Qué es lo que miras tú? ¿Estás tan acostumbrado la historia de la crucifixión que has perdido la sensibilidad para ver la gloria de Dios en Jesús?
Ese día, en esa cruz, la historia cambió para siempre. En esa cruz, Dios se manifestó en todo su poder salvífico, y en juicio y misericordia.
Este día, ante la cruz, tu historia puede cambiar para siempre. Contempla a Jesús. Ya sea tu primera vez pensando en esto o sea que lleves décadas de asistir a una iglesia. Míralo a Él. Ven ante la cruz. ¿Qué ves?
¿Puedes ver la gloria de Dios? ¿Puedes ver la gloriosa gracia del evangelio? ¿Puedes ver el alcance de su amor por los pecadores como tú y como yo?
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